3.1 Precariedad y exclusión
En
el capitalismo, la exclusión y la precariedad no son estados carenciales
como la vejez, la enfermedad o la infancia, sino estados artificialmente
producidos a través de una generalizada violencia social. La fuerza
del capital radica en su capacidad para vampirizar los procesos
de vida y cooperación, alimentando con ello su propia valorización
y convirtiendo ésta en la fuerza constituyente de la sociedad.
Este proceso crea una dislocación generalizada: la economía deja
de ser un instrumento para la vida social, haciendo de la sociedad
un instrumento para la economía; el trabajo debe expresarse como
trabajo asalariado y con ello, deja de ser para la vida, pasando
a ser la vida para el trabajo; la naturaleza no es tratada como
nuestra casa sino expoliada, manipulada y contaminada; los sentimientos,
la compasión y las emociones, solo cuentan como una moral interior
sin consecuencias en nuestras formas de vida, trabajo y consumo;
las necesidades humanas sólo se satisfacen a través del mercado
o del estado, pero no a través del apoyo mutuo, desde dentro de
la comunidad; los cuidados de las personas, al realizarse por
las mujeres en el interior del hogar familiar, no están en el
mercado de trabajo y por tanto, no existen oficialmente, la actividad
de cuidados, en el lenguaje oficial de la Encuesta de Población
Activa (EPA), se llama "inactividad"; las principales relaciones
entre las personas no se producen directamente, sino a través
del intercambio rentable, es decir, a través del dinero; las personas
no son sociables, lo que es sociable es el dinero; en el capital,
no en las personas, debe radicar el principio de cooperación y
de producción de riqueza; las personas se relacionan entre sí
como cosas y las cosas se relacionan entre sí como personas; el
orden social no se funda por las relaciones entre las personas
(política), sino por las relaciones entre las cosas mediadas por
el dinero (mercado).
Esta
catástrofe humanitaria y social no se resuelve, sino que se agrava,
con un "buen empleo". La causa del paro y la precariedad es, precisamente,
el trabajo (asalariado). La fuerza del capital proviene de la
violencia con la que se constituye en sujeto dominante. Esta violencia
excluye todas las dimensiones de la vida que no son útiles para
el beneficio económico privado. El poder capitalista inocula a
sus víctimas esta lógica en forma de deseos de consumo y apropiación
irracionales. Pero la debilidad del capital radica en la posibilidad
de que sus víctimas comprendan la naturaleza de este mecanismo
y se vuelvan contra él, haciéndolo imposible. Sin dejar de pertenecer,
en parte, a esta lógica que lo invade todo, es necesario identificarla
y nombrarla para, tanto desde dentro como desde fuera de ella,
combatirla. Lo excluido y lo apartado reaparecen frecuentemente
de forma desordenada, generalizando la lucha entre las víctimas
y dando armas a los de arriba para reducir las libertades de los
de abajo. Desde dentro de esta lógica excluyente no hay solución,
porque ambos extremos incluido - excluido son sólo los dos polos,
a lo sumo intercambiables, de un mecanismo antisocial e inhumano.
Un buen empleo, un buen salario, un buen consumo, no solucionan
la exclusión de sus beneficiari@s, porque requieren la degradación
de la propia dimensión social, la exclusión de otr@s much@s y
la subordinación de las mujeres. Pero, desde fuera de la lucha
de los excluidos, sólo tenemos compasión, oenegés y socialismo
de cátedra.
3.2
El papel del Estado. El más frío de los monstruos fríos.
Para
Hegel el estado es la expresión de la sociedad y el resumen de
los intereses generales, un aparato neutro que garantiza la igualdad
y la libertad de los individuos. Para Rousseau, el estado es legítimo
cuando representa el consenso moral del cuerpo social. Educando
a los individuos en las virtudes morales necesarias para el orden
social, el estado establece la moralidad en correspondencia con
esa virtud natural de las personas. Para Hobbes, el estado (Leviatán)
es el origen de la convivencia pacífica, al someter a su voluntad
soberana a los hombres que, en estado de libertad, viven en permanente
guerra civil. Para Adam Smith, el estado debe garantizar la libertad
individual, la propiedad privada y el libre funcionamiento del
mercado, porque de dicho mercado provienen la prosperidad y las
relaciones pacíficas de l@s ciudadan@s. Para los liberales el
estado es el garante del mercado. Para los socialdemócratas el
estado es el regulador del mercado.
3.3
Capitalismo Global: Mercado. Estado. Individuo.
Más
allá de sus diferencias, todas las teorías modernas parten de
la noción de un individuo aislado y previo al hecho social o político.
El individualismo metodológico describe - y prescribe - a un individuo
a partir del cual, construir la sociedad. Sin embargo, no habría
ser humano individual, persona, sin el hecho social, sin la sociedad.
Tampoco habría sociedad sin personas, sin individuos sociales,
que solo pueden individualizarse desde su dimensión social previa.
Al igual que el lenguaje no es posible sin los otros, la persona,
que es un ser social, no es comprensible sin la sociedad. La sociedad
no solo es resultado sino también condición para el ser humano.
El ser humano, construido por el lenguaje, es un ser racional
porque tiene el "logos", el habla, que es una adquisición social.
La base de las teorías que legitiman la precariedad y la exclusión,
ofreciendo, como única salida, más mercado o más estado se asientan
en una representación falsa de la naturaleza humana. Por eso,
la antropología, la sicología, la economía y la sociología actuales,
partiendo de la falacia del "individualismo metodológico" deben
resolver el problema de la constitución de la sociedad desde la
dictadura del estado (sin una autoridad exterior que ponga las
normas es imposible la convivencia) y desde la teología del mercado
(cada uno mirando dentro de sus propios intereses construye, por
una fuerza providencial - la mano invisible -, la convivencia
ordenada)
Por
el contrario la concepción de la naturaleza humana como una naturaleza
social, que solo es humana con los otros, permite comprender racionalmente
la naturaleza social de la precariedad y la exclusión y, por lo
tanto, abrir la posibilidad de modificar dichos problemas desde
nuestras propias acciones y omisiones. Desde la noción de una
naturaleza humana que incluya las relaciones sociales entre las
personas, los fenómenos de precariedad y exclusión, es decir la
situación social del @s precari@s y excluid@s ya no aparece como
algo ajeno a la situación social (los hábitos de trabajo, participación
y consumo) de los incluidos.
A
partir de aquí, la libertad individual no consiste en eliminar
los obstáculos para satisfacer los propios deseos, sino en la
capacidad para elegir entre el bien (lo que tiene en cuenta, además
de mis deseos, las necesidades de los otros, produciendo seguridad
para tod@s) y el mal (tener en cuenta exclusivamente mis deseos,
pero no los deseos de los demás, produce competencia, lucha e
inseguridad). Con estas nociones no se elimina el mercado, pero
se le ponen límites normativos que favorecen la creación de redes
de apoyo mutuo y protección, basadas en la cooperación de las
personas y de los pueblos. No se elimina el Estado, pero se multiplican
los poderes intermedios que lo condicionan y acotan en su dinámica
de dominio. No se elimina el poder, pero se recupera para las
personas, en el interior de los grupos sociales, su poder personal
como cuota - parte del poder del grupo, en lugar de que el poder
de las personas, dependa del poder otorgado por el Estado o por
el Capital. No se disuelven el Mercado ni el Estado, pero se les
regula desde la sociedad, limitando su poder desde el poder popular.
A
partir de estos paradigmas, cabe concebir el bienestar en términos
colectivos y no individuales. La libertad como capacidad para
elegir entre el bien y el mal, en lugar de cómo la eliminación
de los obstáculos exteriores para satisfacer el propio deseo.
La educación como la formación de los niños y niñas para ser personas
virtuosas (capaces de ser libres y practicar el bien), en lugar
de personas decentes (que siguen las normas del mercado y del
estado sin interrogarse por las consecuencias de exclusión e inseguridad
que estas instituciones producen). Podemos utilizar la razón y
la inteligencia como herramientas para establecer nuestros propios
fines y moderar nuestros propios deseos superfluos, teniendo en
cuenta las necesidades de los demás y los límites de la naturaleza,
en lugar de utilizarlas como un instrumento para satisfacer nuestros
deseos individuales por encima de todo. Considerar la política
como la formación permanente de las personas éticas, la felicidad
como el placer de hacer el bien y la pedagogía como la repetición
de las acciones buenas y el aprendizaje que permite disfrutar
haciendo el bien.
Con
estos principios no se solucionan los problemas por arte de magia,
no se disuelve la guerra, la violencia, el mercado, el estado,
el daño producido por quinientos años de razón instrumental, ni
las secuelas de una humanidad explotada, degradada y envilecida,
prisionera de la violencia y de la lógica del mal, que es la lógica
del capitalismo. Sin embargo, al producir una ruptura teórica
con los paradigmas de la explotación y el dominio, los avances
conseguidos formarán parte de la solución y no parte del problema.
Establecer una tensión entre el ser y el deber ser, adentrándonos
en un mundo incierto, sin leyes teológicas que garanticen nada
de antemano, es el vertiginoso ejercicio de la libertad colectiva,
de la recuperación del protagonismo en la protección social y
los cuidados de las personas, del dialogo como experiencia democrática
radical, de la constitución de sujetos sociales que se autodeterminan
colectivamente, del poder constituyente como fundamento popular
del orden político y del acontecimiento revolucionario, como transformación
local de las relaciones entre las personas y de estas con la naturaleza,
sin la cual, no hay cambio social que valga.