Hablar de globalización y feminismo da lugar a numerosas
reflexiones. La primera de ellas es de qué feminismo estamos
hablando. En este caso, no se trata tanto de señalar las
diferentes tendencias teóricas dentro del feminismo, como
de distinguir aquellos sectores que se plantean conseguir cambios
desde las instituciones, sin poner en tela de juicio el marco
político y económico en el que nos encontramos,
de las feministas que consideramos que la lucha antipatriarcal
no puede ser ajena a la lucha anticapitalista, no sólo
porque formamos parte del mundo radical, sino porque pensamos
que ambos sistemas están íntimamente relacionados
y se apoyan y sostienen mutuamente.
Desde este punto de vista, el posicionamiento ante lo que supone
la globalización, adquiere características muy diferentes,
aunque en muchos casos se produzcan situaciones de ambigüedad.
Con esta reflexión no se quiere propugnar ninguna barrera
infranqueable, sino la necesidad de un análisis claro que
ilumine una realidad que se muestra de manera confusa en numerosas
ocasiones. También dentro del mundo radical nos encontramos
con otras confusiones. La existencia de algunos estereotipos propicia
un distanciamiento muchas veces injustificado, imposibilitando
el acercamiento para deliberar si podemos o no construir un discurso
y una práctica colectivos. Bueno ejemplo de estos estereotipos
es la identificación como "institucionales" o
"antagonistas" en base a la edad (no sólo personal
sino de los grupos de los que se forma parte) o a una mayor o
menor proximidad al feminismo de la igualdad o al de la diferencia.
La segunda reflexión es que una perspectiva feminista
en el discurso contra la globalización, no puede quedarse
en hacer una relación pormenorizada de sus desastrosos
efectos sobre las mujeres, ni en la constatación de que
para nosotras son peores porque vivimos en una sociedad patriarcal.
Si bien esto es necesario, desde luego no es suficiente. Hay que
profundizar en las causas y esto significa, entre otras cosas,
construir un discurso contra la globalización que tenga
en cuenta el género. Hablar de consolidación del
capitalismo o de la forma de desarrollo económico sin considerar
el papel del trabajo doméstico y de cuidados, es un ejemplo
de pensamiento androcéntrico. Pero, además, otro
factor a considerar, es el peligro de que una mirada excesivamente
centrada en la economía, nos lleve a relegar a un segundo
plano el análisis de los mecanismos patriarcales inherentes
a la subordinación de las mujeres. Es preciso mantener
la tensión para avanzar hacia un pensamiento integral.
La tercera y última idea tiene que ver con el uso de términos
que, en su momento, tuvieron una gran fuerza, pero que hoy han
quedado convertidos en lugares comunes. En unos casos han sido
desactivados por la utilización que de ello se ha hecho
desde el poder. En otros, porque en su utilización aparecen
vacíos de contenido, sin vinculación con la realidad
que nos rodea. "Feminización de la pobreza" es
un ejemplo de ello. El análisis de lo concreto no debe
de ser sustituido por ideas generales que funcionan a modo de
"ungüento amarillo", que valen para todo.
De la misma manera, el conocimiento de los datos generales sobre
la situación de las mujeres, no puede sustituir a la necesidad
de saber lo que pasa a nuestro alrededor. Podremos partir de ideas
generales, debemos tenerlas en cuenta, pero es necesario contextualizar,
no sólo para poder explicarnos lo que pasa en un lugar
geográfico concreto, en un momento histórico determinado,
sino porque es en nuestra realidad más cercana en la que
podemos intervenir primordialmente.
Sira del Río