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1 Sí, hay
recuperación, ¿y qué?
En el Estado
español hay 6.500.000 personas, entre parados y eventuales, que
carecen de una relación estable con el mercado de trabajo. Este
fenómeno, cuyas consecuencias sociales son masivas y dolorosas,
pide cuentas a una economía de mercado que se presenta como el único
camino para llegar a una sociedad próspera y segura.
Ante esta cuestión,
la respuesta del poder económico y político se basa en argumentos
irracionales cuya finalidad es obturar la pregunta. Los medios de
comunicación nos repiten insistentemente que la recuperación económica
es un hecho. Aunque aparezca amenazada por la inflación, la recuperación
económica es tan buena que algunos expertos la califican como de
manual. Se cumplen con exactitud los requisitos de una recuperación
duradera, a saber, primero aumentan las exportaciones, luego crece
el consumo interno y finalmente el empleo. La recuperación es tan
sólida que todo crece: el PIB lo hace en torno al 3%, la formación
bruta del capital por encima del 5%, los resultados empresariales
alrededor del 10 por ciento y el número de contratos de trabajo
supera los 500.000 mensuales. Sin embargo, observando desde un punto
de vista más cercano a las necesidades sociales este tipo de crecimiento,
nos encontramos con un panorama mucho más sombrío.
Según la Encuesta
de Población activa (EPA) del 1er. trimestre del 95, el paro ha
descendido de enero a marzo en 50.850 personas y en los últimos
12 meses en 145.000. Esto se presenta por parte de las instancias
oficiales como un gran éxito pero si echamos mano de la calculadora
nos encontramos con que creciendo a este ritmo y sin que se incorporen
al mercado del trabajo ninguno de los 200.000 jóvenes que cumplen
16 años cada ejercicio, así como renunciando al propósito de que
la tasa de actividad de las mujeres deje de ser un 28% inferior
a la de los hombres, sólo tardaríamos 24 años en eliminar el paro
existente.
Ahora bien,
si contamos con los 200.000 jóvenes que cada año llegan a la edad
de trabajar, nos salen 72 años para acaban con el paro. Y si además
aspiramos a equiparar el derecho al trabajo remunerado de las mujeres
y los hombres nos aparecen casi 4.000.000 de mujeres a las que dotar
de un puesto de trabajo. Con el ritmo de recuperación del último
año, se han creado 397 empleos netos diarios. Así sólo tendríamos
que esperar 152 años para ver una situación de pleno empleo en nuestro
país. Para mayor abundamiento, no está garantizado un crecimiento
económico como el del último año. Más bien está garantizada la imposibilidad
del mismo, a la vista de las insuficiencias de la economía española.
Lo que sí aparece
como garantizado es que ante el menor temblor en los resultados
de las empresas, las gerencias mantendrán el nivel de beneficios
a base de aumentar la productividad disminuyendo las plantillas
con el fácil recurso de no renovar los contratos eventuales. De
los más de 6.000.000 de contratos de trabajo realizados en 1.994
más del 97% fueron eventuales y el 80% de menos de 6 meses.
A finales de
marzo del presente año, existían 983.800 hogares en el Estado español
en los cuales todos sus miembros activos estaban parados. En el
año 1.980 la cifra de parados era de alrededor de 1.500.000 y la
población reclusa de 18.000 personas. En 1.995, 15 años después
los parados ascienden a 3.600.000 y los presos a 46.000 personas.
Puede observarse la correlación que existe entre el desempleo, la
pobreza y la marginación. Todo ello contando en estos quince años
con 6 años de crecimiento económico. Durante el quinquenio 85/90
el crecimiento fue muy superior a la media europea y sin embargo
el paro no bajó de 2.500.000 de personas. En el último año, el empleo
creado es sustitutivo del fijo que se destruye, de ínfima calidad
y volátil en una gran proporción. El crecimiento de la exclusión
es solo una cara de la moneda, los sectores ocupados ven reducirse
su poder adquisitivo y empeorar sus condiciones laborales. Los costes
salariales unitarios, descontando las jubilaciones anticipadas,
crecen en 1.994 por debajo del IPC. Hemos batido el record de mortalidad
laboral con 2.000 muertos por accidente de trabajo en 1.994. Todo
esto nos da un cuadro de referencia para valorar los efectos de
la magnífica recuperación económica en el terreno social.
2 El mercado
de trabajo es cada vez más mercado.
El trabajo
humano se ve cada vez más abocado a comportarse como una mercancía
de las que intervienen en el proceso económico. La fuerza de trabajo,
propiedad de las personas asalariadas se compra y se vende en un
espacio imaginario llamado mercado de trabajo. En él los propietarios
del capital compran el trabajo que necesitan para hacer funcionar
las empresas. Sin embargo, el trabajo humano es distinto a cualquier
otra mercancía porque a diferencia de todas las demás, que pasan
a ser propiedad total del empresario que las compra, el trabajo
de las personas se incorpora al proceso productivo sin ser arrancado
de su propietario. Al estar unido a una persona, la fuerza de trabajo
no sólo es una mercancía sino también es imaginación, deseos, vida.
El empresario
necesita disciplinar el cuerpo que sostiene la fuerza de trabajo
para que se comporte como una mercancía y de esta manera convertir
el proceso productivo en algo calculable, predecible y por lo tanto
racional. Los mecanismos que sirven para disciplinar el cuerpo que
sostiene la fuerza de trabajo individual e impulsarles a obedecer
a las leyes del mercado son diversos. Si el volumen de trabajo que
se ofrece en el mercado por parte de los asalariados es superior
a la demanda que realizan los empresarios, su precio tenderá a bajar
y recíprocamente si hay pocos trabajadores disponibles y mucha demanda
de empleo tenderá subir. Cuando el volumen de trabajadores es superior
al del trabajo, no sólo bajará el precio del trabajo, es decir el
salario, sino que también aumentará la competencia entre los distintos
trabajadores y muchos de ellos tenderán a aceptar un trabajo en
cualquier condición. En la concepción neoliberal todos los factores
que se oponen a que las relaciones sociales se expresen únicamente
en términos de dinero suponen un obstáculo para el funcionamiento
de las leyes de mercado y por lo tanto impiden la calculabilidad
del proceso productivo, por lo cual son tachados de irracionales.
Este es el caso de cualquier coalición de intereses que tienda a
resguardar a los trabajadores de la ley de la oferta y de la demanda.
Es el caso de los sindicatos a los cuales se les exige modernización,
es decir convertirse en correas de transmisión de las necesidades
productivas y en maquinarias para el disciplinamiento de los trabajadores.
La presión a
la baja sobre los salarios de los 3.600.000 de parados, el aumento
de la diferencia en el seno de los trabajadores por los fenómenos
de precarización y desestructuración, la casi imposibilidad de ejercitar
los derechos políticos y sindicales para millones de trabajadores
eventuales y parados, el proceso de reducción de coberturas sociales,
etc., todo ello, sitúa cada vez a sectores crecientes de la población
asalariada ante el aguijón de la necesidad, de manera que "libremente"
acepten el puesto de trabajo que se les ofrezca en cualquier condición.
Sin embargo, observando de cerca las condiciones que tienden a convertir
en predecibles los comportamientos obreros, nos encontramos con
que son factores ajenos al mercado y solo explicables políticamente
los que han creado esta situación. La coacción y la desigualdad
se enmascaran tras la ideología de un mercado transparente donde
concurren individuos libres, propietarios e iguales entre sí.
3 Mercado
de trabajo y clase obrera
Existe una cierta
ambigüedad en el uso de estos dos términos. En un extremo tenemos
el mercado de trabajo que puede ser definido como un conjunto de
individuos que se relacionan para comprar y vender la fuerza de
trabajo con el propósito de maximizar sus beneficios en esa operación
y que actúan regidos por la ley de la oferta y la demanda. En el
otro extremo existe la posibilidad de identificar a la clase obrera
con una realidad político organizativa asimilable al movimiento
obrero, que expresa en todo momento unos intereses comunes que pudieran
llamarse intereses de clase.
La primera
definición constituye el punto de llegada de la política neoliberal
y la segunda representa el imaginario militante que otorga a los
asalariados una suerte de entidad natural cuyo origen se encuentra
en su condición de desposeídos y en el origen de sus rentas. Esta
situación objetiva genera de manera automática unos intereses comunes,
una conciencia de clase y unos comportamientos políticos determinados.
La realidad
está siempre en un espacio intermedio entre ambas concepciones.
Por muy desestructurada que se encuentre la población asalariada,
siempre existe una capacidad de agregación y expresión de intereses
comunes, tanto de forma espontánea como por la actuación sindical
y por otro lado, ni en los momentos de mayor organización de los
trabajadores dejan de darse comportamientos individualistas, corporativos
o que expresen intereses transversales ajenos a la relación asalariada.
En esta tensión,
siempre presente en el trabajo asalariado se expresa la contradición
entre la naturaleza humana de la fuerza de trabajo y la expresión
de la misma como mercancia en forma de dinero. Es de la hegemonía
de una o de otra expresión de la que depende que podamos hablar
de fuerza de trabajo o de clase obrera. Sólo en el caso de que la
fuerza de trabajo se exprese bajo la forma de dinero es posible
la secuencia en la que explotación, plusvalía y reproducción del
capital aparezcan como una secuencia lógica.
Como realidad
cercana a nuestra experiencia podemos considerar el proceso que
media entre los comportamientos obreros del último franquismo y
la transición política frente a la fragmentada apoliticidad de la
fuerza de trabajo en el momento actual. Cuando la población asalariada
exige demandas salariales, estamos en el terreno del mercado. Es
el precio de la fuerza de trabajo lo que se discute, incluso cuando
esa expresión es unificada y combativa. El sindicalismo actúa políticamente
sobre el mercado introduciendo coaliciones de intereses para condicionar
el funcionamiento del mismo, pero no se pone en tela de juicio la
continuidad de la subordinación implícita a la relación asalariada,
ni la naturalización de la economía capitalista, que aparece como
el único horizonte posible para la sociedad ni el extrañamiento
de las personas, reducidas al papel de productoras o consumidoras,
prisioneras de un destino que se les escapa y perplejas en un mundo
irracional.
Sin una crítica
teórica y práctica de las múltiples dimensiones de la relación llamada
capitalismo tendremos en el mejor de los casos un mayor reparto
del producto social en algunos países occidentales a costa de la
explotación de la mayoría de la población pobre del planeta y de
la progresiva destrucción de los recursos naturales. Solo avanzando
desde fuera de la relación mercantil, podemos conjugar los conflictos
que se producen dentro del mercado de trabajo, en la periferia y
en el exterior del mismo en una crítica fuerte del capitalismo.
Mientras tanto, la izquierda huérfana de una crítica real al capitalismo,
nos debatimos en la impotencia de elegir, y encima tener que luchar,
por el tipo de capitalismo que queremos tener.
4 La respuesta
de la izquierda
No sólo se trata
de constatar una vez más con el consiguiente despliegue de datos
la penosa situación actual de los trabajadores y el avance de la
teoría neoliberal que actúa no solamente como reflejo de la realidad
sino como prescripción y orientación para la construcción de dicha
realidad. Por parte de la izquierda es imprescindible una explicación
de la realidad que ponga de manifiesto el proceso de coacciones,
engaños, complicidades y errores que explican la actual configuración
de dicha realidad. Es imprescindible salir de las concepciones basadas
en la existencia de leyes de la historia, o de la economía, que
presiden el desarrollo de la sociedad. Sobre estas ideas se construye
la teoría de que el capitalismo es irracional porque impide el avance
del progreso y que es la izquierda la que al interpretar correctamente
esas leyes de la historia, está en condiciones de convertir en racional
el desarrollo social y conducir a la humanidad al progreso.
No hay nada
más racional para conseguir el desarrollo económico y el aumento
de la productividad que la actual mundialización del capitalismo
y la colocación de la competitividad como ultima razón de funcionamiento
económico. La capacidad de producir riqueza por el capitalismo maduro
es simétrica a la de producir pobreza, sufrimientos y exclusión.
Las autopistas de la información coexisten con el crecimiento de
los vendedores en los semáforos. La alternativa para grandes masas
de trabajadores excluidos es nula en el futuro que se dibuja.
Intentar superar
la marcha actual del desarrollo capitalista con invocaciones a modelos
como el Keynesiano que se desarrolló en Europa tras la 2ª guerra
mundial sin contar con el escenario sociopolítico presente a partir
de 1.945 constituye un camino sin salida para la izquierda. Esta
táctica sirve para aparentar que tenemos algo que proponer cuando
en realidad no tenemos nada alternativo. Ante ese vacío, las propuestas
reales son las del poder económico apoyado por la política institucional
y los medios de difusión de masas.
Es desde fuera
de la lógica mercantil desde donde hay que hacer una crítica al
capitalismo en base a facilitar la expresión de los deseos, necesidades
y subjetividades de las inmensas minorías perjudicadas por el actual
modelo de desarrollo y la actual civilización. Fomentar la expresión
del oceánico conflicto que está latente en la sociedad y generar
dinámicas de confrontación en las cuales se podrá constituir un
sujeto capaz de interrumpir la lógica de la civilización actual.
Esto implica la dedicación de cuadros, recursos, formas organizativas
e iniciativas, en direcciones distintas a las que tiene puesta su
mirada la izquierda actual, poniendo el acento más en el movimiento
que en las instituciones, más en la expresión del conflicto que
en la negociación del mismo. Se trata de entender en suma, que el
avance hacia un mundo más humano requiere simultáneamente de la
fuerza de la crítica y de la crítica de la fuerza.
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