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El hombre de
hoy despojado de los lazos comunitarios, en una apología cada vez
más extrema de "individuo libre", está aislado y roto frente al
mercado. Con el aumento de los diversos tipos de división del trabajo,
los grupos pasan a representar formaciones sociales a las que todos
de una u otra forma están obligados a pertenecer, grupos que a su
vez no son portadores de una relación unitaria con la comunidad.
Así las exigencias
relativas al ejercicio de roles diversos en grupos aislados disuelve
la realidad humana.
En los albores
del auge de la industrialización se intentó paliar estos efectos
redescubriendo lo comunitario, buscando su fundamentación en formas
directas de relación y en los beneficios del apoyo social.
Hoy se rescata
también lo comunitario en un intento de paliar las implacables consecuencias
del neoliberalismo con sus altos grados de fragmentación social.
En este rescate
o bien se solapa el deterioro con propuestas de socialización del
consumo que asumen un perfil colectivo, o bien se deposita en la
comunidad la responsabilidad de encontrar soluciones, pero negando
su protagonismo.
Nos preguntamos
¿es acaso posible hablar de apoyo social, de construcción de redes,
volviendo la mirada a lo comunitario, partiendo de la aceptación
de un individuo escindido, expropiado del lazo cooperativo propio
de lo humano, proporcionándole una cooperación ajena construida
desde fuera?
Siguiendo a
Castoriadis (Franco, 2000, p. 4) puede hablarse de sujeto (autónomo)
cuando los individuos pueden reflexionar sobre si y sobre su sociedad,
cuando tienen un nosotros y constituyen un campo de significaciones
sociales reconociéndose como creadores.
El límite superior
de este nivel de conciencia está dado por el grado de desarrollo
de la esencia humana, que según Marx (1968, p. 667) "se verifica
en el curso de la historia y no es una abstracción inherente al
individuo aislado, sino que remite al conjunto de relaciones sociales".
Hoy asistimos
desde la concepción hegemónica del individuo naturalizada como saludable,
al planteamiento de que el individuo auténtico sólo puede ser un
abstracto productor de mercancía, cuya socialidad es realizada en
el mercado, a través de relaciones indirectas y mediadas, donde
el acto cooperativo y de lazo social se genera después de ser expropiado
de si, de las relaciones que lo humanizan, constituyendo una especie
de "individuo privatizado".
Este sujeto
roto nos remite a esa "otra escena" cotidiana invisibilizada por
normal, que muestra de modo descarnado: la precariedad de los vínculos
desde la apología del individuo individualista; el recorte mutilado
de las relaciones; la pobreza del lenguaje que casi ya no nombra,
la imagen fragmentada en mil pedazos ya lo hace; lo impertinente
del deseo que quiere ser para no ser desde la búsqueda de su cumplimiento
inmediato; la anulación del saber, el saber ya no hace falta no
hay deseo que lo guíe; la realidad espejada en lo virtual; los ideales
mercantiles pregonando inmediatez, descompromiso, lo light, lo eternamente
joven; la negación de las contradicciones, y de toda idea de proceso,
de proyectos de futuro.
Nos enfrentamos
a una propuesta de sujeto precarizado. Este sujeto atrapado es inhábil
para la resolución de los conflictos, se le desdibuja la alteridad,
la presencia del otro y por tanto la cooperación en tanto estructura
vincular-social-humanizante.
Mirtha
Cucco
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